Hoy llovió en Lima. Lo sé, es un día de verano, pero llovió en Lima. Y debo confesar que nada me hizo más feliz que regresar a casa caminando entre gotones que me refrescaban la cara, los brazos. No podía creer que en pleno día de enero garuaba.
¿No les encanta los días de lluvia en verano? Un día de aire fresco y agüita refrescante [por favor, no tomen esto como la mayor licencia para mojarme en carnavales...odio febrero] en medio de días achicharrantes y con sol abrasador. ¿No les encanta un día con solcito cálido y hartos rayos de luz en invierno? Un día tibio y alegre en medio de tantos días oscuros y llenos de neblina.
Una amiga mía se rió de cómo, según ella, me gustaban las contradicciones. Y tal vez más que las contradicciones, diría yo, me gustan las sorpresas y lo agradablemente inesperado, como ya creo haberlo mencionado antes de otras maneras aquí. Me quedé pensando un poco más en esto, y me di cuenta cómo puedo llegar realmente a disfrutar los cambios inesperados en la rutina. Sin embargo, no lo disfruto tanto cuando estos cambios y giros inesperados se convierten en la rutina en sí.
¿Estoy hablando en chino? Probablemente esa última frase sólo logré entenderla yo, porque desde mi punto de vista explica lo que trato de decir. A lo que voy es que es divertido y refrescante cuando surgen cosas inesperadas y diferentes dentro de un marco de un continuo de eventos a los que estoy acostumbrada, dentro de mi rutina; pero no me gusta sentirme desorientada por un continuo que se convierte en inesperado y sin patrón alguno.
No siempre es así, en los viajes amo no saber con exactitud qué haré al día siguiente y a dónde iré o dejaré de ir. Amo planear cosas distintas para cada día en vacaciones. Pero tal vez en estos momentos el disgusto por una serie de eventos desorientadores se exagera más porque he venido experimentando el síndrome de "este-día-no-existe" un par de veces en el último mes.
Desde hace como 3 semanas, ha habido en cada una de ellas una fecha que desoriente un poco mi reloj biológico rutinario. Primero fue la Navidad, cambiar la rutina los días antes organizando todo, comprando los regalos, decorando, etc. el mismo día que no parecía un miércoles como cualquier otro, y los días siguientes que parecían cualquier cosa menos un día inventado y reconocido como lunes, martes, miércoles, jueves, feriado o cualquiera. Detesté tanto esa sensación de creer estar en un día no-existente. Cuando creía que mi reloj propio se estaba recuperando, llegó año nuevo y fue la misma historia. Tras una semana completa de aclimatación al nuevo año, vino mi cumple, aunque bueno, mi cumple no me desorientó tanto como otras fechas, tal vez en parte porque cayó viernes (día idóneo para celebrar), y porque no es feriado nacional :D.
Ahora por fin podré empezar a amar y aclimatarme 100% nuevamente a la "rutina", que tampoco espero que sea exactamente la misma todos los días. Pero creo que se entendió la idea de querer buscar un marco (saber qué día de la semana es, parece ser un marco suficiente!) para sentirme segura dentro de un continuo conocido, y poder planear hartas cositas dentro de él.
No sé a qué vino todo esto. Ah sí. Dentro de todo, sólo quería decir que de todas maneras amé la lluvia de hoy, y sí fue una sorpresa agradable en medio de los días veraniegos. De esas sorpresas/detallitos que por más que no "vayan" con la rutina o el patrón de "día de verano" me alegran el día.
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